¿Sabéis esa sensación de estar en un aeropuerto diminuto, rodeado de montañas que parecen de otro planeta, sabiendo que en menos de una hora vas a dejar atrás un lugar al que probablemente no vuelvas jamás? Pues eso es exactamente lo que siento mientras miro por última vez las montañas Haghier recortadas contra el cielo de Socotra. Llevo una semana durmiendo bajo estrellas que no tienen competencia lumínica, caminando por bosques que llevan ahí desde antes de que existieran los mapas y compartiendo cenas con un equipo humano que me ha regalado una de las experiencias más intensas de mi vida viajera. Y ahora toca decir adiós a la isla de los genios.
Lo que no imagino es que Jedda, la ciudad que nos espera al otro lado del Mar Arábigo, me tiene guardada una última sorpresa: una noche de Ramadán en su casco viejo que me transportará directamente a mis recuerdos de Siria.
- Ruta del día: Socotra - Jedda - Abu Dhabi - España
- Planificación y reservas con antelación
- Última mañana en Socotra, desayuno y despedida
- Aeropuerto de Socotra: el adiós a la isla alienígena
- La tienda de souvenirs del aeropuerto de Socotra
- Fotos de Socotra, entre la realidad y la leyenda
- Jedda en Ramadán: la fiesta que no esperaba
- Hotel Park Inn by Radisson Jeddah: la noche antes del regreso
- Al-Balad de noche: la magia del Ramadán en el casco viejo de Jedda
- El regreso: de Jedda a España pasando por Abu Dhabi
Ruta del día: Socotra - Jedda - Abu Dhabi - España
Planificación y reservas con antelación
LUGARES VISITADOS
🏨 RESERVAS ONLINE
En este viaje, por logística (es obligatorio contar con agencia para tramitar vuelos y visado) y experiencia me voy con Clara y su grupo en español de Siente Arabia, especializada en esta zona del planeta y en expediciones/destinos temáticos. OJO que Socotra requiere reservar con muchos meses de antelación (el vuelo de entrada se agota).
La ruta del día ha sido similar a ésta...
Última mañana en Socotra, desayuno y despedida
Son las 7:00 de la mañana y estoy desayunando en el Hotel Summerland con esa mezcla de ilusión por volver a casa (y reencontrarme con mi pequeña Oli, a la que he contado este viaje día a día con vídeos privados de la Isla Misteriosa) y tristeza por dejar atrás todo esto. El buffet es sencillo pero tiene algo que me hace sonreír: "filloas con miel" (o algo similar), huevo duro y café de sobre. Sí, filloas. En una isla perdida del océano Índico. No sé si es la nostalgia gallega o qué, pero me saben a gloria.
La noche ha sido la primera en todo el viaje en la que he tenido que poner el aire acondicionado. También la primera con mosquitos, aunque muy pocos. Normal: estamos en Hadibo, la capital, el único sitio de Socotra que se parece remotamente a una ciudad. Remotamente.
A las 7:30 salimos rumbo al aeropuerto que está a unos 30 minutos.
Aeropuerto de Socotra: el adiós a la isla alienígena
El camino al aeropuerto de Socotra es corto desde Hadibo. Pasamos por delante de un campo de fútbol con césped artificial junto al mar que parece sacado de un videojuego — uno de esos detalles surrealistas de una isla donde conviven cabras callejeras con infraestructuras financiadas por potencias del Golfo.
La despedida de los conductores es rápida pero sentida. Estos tipos han conducido por pistas que en Europa se considerarían intransitables, siempre con una sonrisa, siempre sin quejarse. Socotra no existiría como destino sin ellos. También de nuestro fiel Eli.. ¡qué gran guía! Muchas gracias por todo.
El aeropuerto internacional de Socotra es tan pequeño que la palabra "internacional" le queda grande. Pero funciona. La rutina de salida es la siguiente: control de maleta y mochila a la entrada (me hacen abrir todo), facturación donde piden el visado de Arabia Saudí, un segundo chequeo de la bolsa de mano antes de inmigración, donde piden el papel de entrada sellado que te dieron al llegar — se lo quedan — y te toman cuatro dedos y una foto. Y ya está. Esos son los trámites para salir de uno de los lugares más remotos del planeta. Sin colas, sin estrés, sin esa histeria de los aeropuertos europeos.
NOTA IMPORTANTE SOBRE LA LOGÍSTICA DE SOCOTRA
Si has llegado hasta este artículo del diario de viaje a Socotra y te sale esta caja es que debes saber varias cosas importantes
- 1. Este relato forma parte de una guía completa de nuestro viaje a Socotra y dispone de muchos más artículos que te servirán para preparar el tuyo.
- 2. NO es posible viajar a Socotra por libre. Requiere o bien contactar con una de las agencias que operan en la isla que además de los servicios de tierra te gestionará el vuelo y el visado de entrada (no hay otra forma) pero no el resto de servicios internacionales o bien una agencia especializada como Siente Arabia que además de servicios en Socotra y Jedda, hace grupos en español.
- 3. Ni decir tiene que debes tener un seguro de viaje pero OJO, TEN CUIDADO, necesitas uno apropiado que te permita realizar actividades como el MOCHILERO o ESTRELLA de IATI Seguros y para este viaje te recomendaríamos la opción de anulación por imprevistos.
Unos jóvenes socotrís nos saludan con esa sonrisa enorme que he visto durante toda la semana. Me quedo mirándolos y pienso que estos chavales viven en un lugar que el 99,99% de la humanidad no conoce, hablan una lengua que no tiene escritura y probablemente sean más felices que la mayoría de la gente que conozco en Europa.
La tienda de souvenirs del aeropuerto de Socotra
La sala de espera tiene asientos, una cafetería cerrada y una tienda de souvenirs que, siendo sincero, es bastante cutre pero tiene algunas cosas que puedes considerar comprar si no tienes ningún recuerdo como resina de sangre de dragón empaquetada con explicaciones de sus usos medicinales, el miswak socotrí (cepillo de dientes natural hecho con corteza), cerámica artesanal decorada con los motivos de la isla y tazas con el mapa de Socotra.
Yo no me llevo nada pero Ara me consigue una bolsa verde preciosa de la Socotra Nature Shop con la silueta del árbol de sangre de dragón. Es de esos souvenirs que valen más que el contenido que pudiera tener esa tienda
El embarque es puntual, al contrario de lo que mis prejuicios me indicaron previamente. De hecho, es incluso antes de lo previsto: a las 9:30, cuando el vuelo estaba programado para las 11:00. Salimos a las 10:30. En Socotra las cosas funcionan a su ritmo, y a veces ese ritmo es más rápido de lo que esperas.
Salgo a la pista del aeropuerto y ahí está: el Airbus A320 de Yemenia Airways, matriculado AWSAN, esperando con la escalerilla desplegada. El mismo avión que nos trajo hace una semana a esta isla imposible. Me hago la foto obligatoria con cara de asombro, otra de selfie sonriendo como un crío y una última mirando el avión con esa mezcla de gratitud y melancolía.
El vuelo de regreso a Jedda dura 2 horas y 30 minutos, algo menos que la ida. Miro por la ventanilla mientras la isla se hace pequeña debajo del avión y pienso en todo lo que ha pasado esta semana. En los bosques de dracos envueltos en niebla. En el ermitaño de Shoab con sus collares de conchas. En las noches alrededor del fuego escuchando historias de genios. En el silencio absoluto de Wadi Kalysan. En el snorkel con tortugas. En las dunas de Arher al amanecer.
Fotos de Socotra, entre la realidad y la leyenda
Mientras el avión cruza el Mar Arábigo, tengo tiempo de pensar en lo que significa este lugar. Y es que Socotra no es solo una isla. Es un concepto. Es la prueba de que todavía quedan rincones del planeta donde el tiempo funciona de otra manera. Los antiguos navegantes la llamaban la «Isla de la Felicidad» — Dvipa Sukhadhara en sánscrito. Un refugio que aparecía entre la bruma a los marineros cuando naufragaban, como un espejismo hecho realidad.
Otros la conocían como la isla de Simbad el Marino, donde el Ave Roc extendía sus alas gigantes sobre montañas que ningún cartógrafo había dibujado. La propia Reina de Saba, según la leyenda, quedó tan hechizada por su belleza que escondió sus tesoros en las montañas de Socotra.
Pero la leyenda que más me ha marcado es la de los jinn — los genios. Según la tradición socotrí, las cuevas de la isla están habitadas por espíritus protectores que mantienen el equilibrio de este ecosistema único. No son los genios de las lámparas de Disney: son entidades que coexisten con los humanos en un mundo invisible, guardianes de un orden antiguo que solo entienden quienes han nacido aquí.
La noche que pasamos en el bosque de Firmihin, Eli, nuestro guía socotrí, nos contó historias alrededor del fuego que nos dejaron el cuerpo helado. La más impactante: un trabajador que acompañaba a un grupo escuchó una noche la ducha funcionar cuando todo el mundo dormía. Luego oyó ruidos en la mesa — latas abriéndose, alguien comiendo. Cuando fue a mirar, vio figuras con cabeza de cabra y patas de asno. Nunca volvió a trabajar con un grupo. Hasta el propio Eli estaba tembloroso después de contarla. Y yo, que me considero bastante escéptico, me metí en la tienda de campaña con el corazón latiendo a mil.
Socotra es eso: un mundo fantástico. Un lugar donde Julio Verne hubiera ambientado La Isla Misteriosa si la hubiese conocido — de hecho, a mi hija Oli le dije exactamente eso antes de irme: que papá se iba a la isla misteriosa. Y cada noche le mandaba un vídeo a través de Starlink contándole historias de la isla como si fuesen cuentos, porque la realidad de Socotra supera cualquier ficción.
Es un mundo perdido. Separada del continente africano hace más de seis millones de años, la isla evolucionó a su aire, creando un ecosistema con más de 300 especies vegetales endémicas que no existen en ningún otro lugar del planeta. Los árboles de sangre de dragón, con sus copas en forma de paraguas invertido, llevan ahí desde que los primeros faraones egipcios enviaban expediciones a buscar su resina — incienso y mirra tan valiosos como el oro. Los árboles botella y los pepinos de Socotra desafían cualquier lógica botánica. Los alimoches planean sobre los campamentos como señores feudales del cielo.
Y es un mundo alienígena. Esa fue la primera sensación que tuve al subir las montañas el primer día, con el atardecer pintando siluetas imposibles.
Me vino a la cabeza The Dig, aquel videojuego de LucasArts de los 90 ambientado en un planeta marciano. O cualquier escenario de ciencia ficción donde la naturaleza ha decidido hacer lo que le da la gana sin pedir permiso.
Jordi Esteva lo contó mejor que nadie en su libro La isla de los genios, la única biblia de la literatura de viajes en español dedicada por completo a Socotra. Esteva arrancó pequeñas historias y recuerdos de lugareños que viven el día a día más que en dejar legado escrito — normal, cuando tu idioma no tiene escritura.
El socotrí es una lengua semítica ancestral, anterior a la unificación de Yemen, con diez dialectos diferentes que solo sobreviven en la voz de sus habitantes. Los mayores hablan una versión tan antigua que los propios jóvenes a veces no la entienden.
Hay una reflexión clave que me llevo de este viaje y que quiero compartir aquí porque creo que resume mejor que nada la filosofía de Socotra: hemos sido los últimos todo el viaje en todos los sitios. Contra mi instinto natural de madrugar y llegar primero a todas partes, aquí nos quedábamos solos aposta, a contracorriente. El avión se repartió casi a la mitad en las dos zonas de la isla, y los otros grupos hacían el recorrido al revés. Resultado: soledad y autenticidad constante.
Cada playa, cada bosque, cada wadi lo vivimos como si fuésemos los únicos. Y eso, en un mundo de overtourism y selfie sticks, es un lujo que no tiene precio. Socotra no se visita. Socotra se siente.
Jedda en Ramadán: la fiesta que no esperaba
Aterrizamos en Jedda a primera hora de la tarde. El contraste es brutal: del silencio absoluto de Socotra al tráfico horroroso de una metrópolis saudí que ha crecido a base de pegar trozos de arquitectura americana y europea sobre un pedazo de desierto. Pero los saudís son encantadores, eso hay que decirlo.
Hotel Park Inn by Radisson Jeddah: la noche antes del regreso
El Park Inn by Radisson Jeddah Madinah Road es nuestra base para las pocas horas que pasaremos en la ciudad.
Lo eligió Clara por su cercanía al aeropuerto — a las 2:45 de la madrugada nos recogen para el vuelo a Abu Dhabi, así que la logística manda.
Se trata de un hotel moderno y funcional, perfecto para una noche de tránsito. La habitación es amplia, con un techo rojo que le da un toque de personalidad, buenas camas, escritorio y sillón. El lobby tiene una decoración colorida con sofás verdes, rojos y morados que contrasta con la sobriedad exterior. La recepción es eficiente y amable. No es un hotel para quedarse una semana, pero para la función que cumple — dormir unas horas entre Socotra y el vuelo de madrugada — está más que bien.
Llegamos al hotel, dejamos las cosas y intentamos descansar un poco. El problema: estamos en pleno Ramadán y absolutamente todo está cerrado hasta la caída del sol. Nada de comer, nada de beber fuera del hotel. Así que he caído redondo de sueño hasta las 18:00, cuando por fin bajamos al centro de Jedda en Uber.
Al-Balad de noche: la magia del Ramadán en el casco viejo de Jedda
Nuestra primera parada es un McDonald's de lo más peculiar: un food truck estilo Airstream americano plantado en medio de una plaza del casco histórico, rodeado de edificios con arquitectura hedjazi tradicional. El contraste es surrealista, pero tiene su encanto. Tomamos algo rápido aquí mientras esperamos a que la ciudad cobre vida con el iftar.
Y entonces, a partir de las 20:30, sucede la magia. Al-Balad se transforma. Las calles se llenan de gente, las terrazas se desbordan, los olores a especias y comida recién hecha inundan cada rincón. No voy a contar demasiado que no contara ya en el artículo "Cómo llegar a Socotra desde España (vía Jeddah)" pero sí que cenamos en un restaurante precioso en Al-Balad. Un sitio con terraza bajo árboles enormes, iluminado con farolillos de colores, donde sirven un buffet de Ramadán que es una fiesta para los sentidos. La atmósfera es increíble: familias enteras, grupos de amigos, parejas, todos celebrando la ruptura del ayuno como si fuera una fiesta permanente.
Después de cenar, dimos el último paseo nocturno por Al-Balad. Pasamos por tiendas como la Bajabaa Commercial Corporation, que es una cueva de telas y sacos apilados hasta el techo con un señor sentado dentro que parece haber estado ahí toda la vida. Hay puestos de café artesanales como Cup & Couch, puestos de matcha, cookies, todo mezclado con la arquitectura histórica hedjazi con sus balcones de madera y sus mashrabiyyas.
Las terrazas con shishas y cojines bajo guirnaldas de luces, los saudís en sus túnicas blancas jugando al ajedrez, las mujeres paseando en grupos riéndose — es una postal que desmonta cualquier prejuicio que puedas tener sobre Arabia Saudí. Jedda me causa extrañeza, lo reconozco. Al margen del casco histórico, parece una ciudad que ha ido cogiendo un poco de aquí y de allá, de lo que le gustaba, y lo ha salpicado en un trozo de desierto. El tráfico es horroroso y ha crecido hacia afuera de forma fea y desordenada. Pero los saudís son encantadores. Y esta noche, con el Ramadán encendiendo las calles de Al-Balad, me lo han demostrado.
La despedida de Clara y Ara es aquí, después del paseo. Ellas se van vía Estambul y su vuelo sale a otra hora. Es un momento emotivo. Clara ha sido mucho más que una tour leader en este viaje: ha sido la persona que con su pasión, su cultura y su capacidad de gestión ha hecho posible que cinco desconocidos vivieran una semana inolvidable en un lugar que el mundo ha olvidado. Ara, que estuvo mala desde el primer día pero nunca se quejó, es un ejemplo de viajera de las de verdad. Un abrazo fuerte a las dos y un Uber de vuelta al hotel.
El regreso: de Jedda a España pasando por Abu Dhabi
A las 2:45 de la madrugada nos recogen en el hotel. Es 24 de febrero. Jedda duerme, pero las letras gigantes de «JED» iluminadas junto a la autopista nos despiden con estilo.
El vuelo Etihad EY604 de Jedda a Abu Dhabi dura 2 horas y 25 minutos. En Abu Dhabi nos despedimos de Maribel — una mujer extraordinaria que emana positivismo, que no dice no a nada y que tiene una forma física envidiable. La despedida es más emotiva de lo que esperaba. Tenemos 5 horas de escala en Abu Dhabi y las aprovechamos en una sala VIP que resulta ser una de las más bonitas que he visto. Entro usando la tarjeta Revolut y sus puntos acumulados. Merece la pena.
Embarque puntual en el EY103 operado por Air Europa con destino Madrid. La comida del avión — salchichas, huevos, fruta, zumo — no está mal para ser economy. Aterrizaje a las 19:00 en Madrid Barajas. Aquí me despido de Jesús, el salmantino de corazón enorme y tienda de vinilos que nos ha sacado mil sonrisas durante la semana. Y por último, mi vuelo con Iberia a Coruña. El tránsito final. El cierre del círculo.
CARTA DE OLI
Llego a A Coruña de noche. La pequeña Oli ya duerme. Me reciben Paula y Nico. Los regalitos de Socotra — la bolsa de sangre de dragón y la pieza para su Museo de Oli — quedan en la cocina esperando. Pero la emoción de verdad me la llevo yo. En mi escritorio encuentro a Buzz — el peluche del explorador espacial que ella me asocia porque mi sueño de niño era ser astronauta — esperándome sobre el mapamundi. Y junto a él, una carta:
«Gracias papi por la nota. Claro que voy a cuidar a Buzz, lo prometí. Y ojalá cuando sea mayor pueda hacer los viajes que tú has hecho y ser científica. Recuerda que aún puedes ir al espacio. Cuando vayas, llévame a mí, a Buzz y a ti. - Firmado: tu hija marciana.»
Esta historia la despide ella, pues de alguna forma la he llevado conmigo todo el viaje. Es mi pequeña exploradora y, Oli, si algún día lees esto y decides ir a Socotra, no te olvides de llevarme contigo de nuevo. Sea como sea, sabes que allí estaré. THE END
Isaac, ya desde A Coruña

